
(Sin título… venga, no. Carlos Ruiz Zafón. Bolígrafo de rotular sobre papel)
Puede que a estas alturas me esté repitiendo más que esa ensalada de pepinos devorada durante una calurosa noche de julio, pero hay casos que invocan a mi lengua conservada en vinagre. Sí, ya sé que los psicólogos recomiendan no criticar, ni dejarse llevar por la ira, pero mientras haya personajes que demanden de vez en cuando una azotaina pública, ahí estaré yo para hacerlo notar, dentro de los dominios que me atañen.
Y en estos tiempos de publicitar la última novela de Carlos Ruiz Zafón a bombo y platillo (ya sabéis, jarana, alharaca y la gente se queda boquiabierta), he recordado porqué detesto tanto a éste tipo.
Creo que todo surgió cuando salió a la palestra el celebradísimo La Sombra del Viento; ocurrió como con el autocomplaciente El niño del pijama de rayas, o Harry Potter, o el detestable Código da Vinci: de pronto trenes, metros y autobuses estaban llenos de gente hundida entre las páginas de aquel mamotreto. ¿Etiqueta de best-seller? ¡Huye mientras puedas, Lucinda! Pero como siempre, caigo en dejar aparcada un rato la lengua de víbora y en darle una oportunidad al susodicho libro. Después de todo, hay best-sellers potables. ¿Qué me decís de las novelas de Umberto Eco? Tienen un pase.
El caso es que mientras leía (era verano, creo) tumbada en la cama haciendo tiempo a que llegara la hora de ir a buscar al trabajo a mi hermoso jamelgo, mis ojos cada vez picaban más, y no era porque estuvieran floreciendo por enésima vez los almendros de mi ventana, no. Es más, no era alergia especialmente, sino urticaria, tenía urticaria visual de tanto cambio de narrador, de tanto gazapo histórico, de tantos clichés aguados sin personalidad, de seguir un hilo narrativo que parecía un hermano pequeño y retrasado de Amar en tiempos revueltos.
Si os acordáis, una vez publiqué que mi amado Truman dijo en una conversación casual que el hombre que pasara un tiempo en Los Ángeles sufría una bajada de un punto al año en su C.I.. No es de extrañar pues que Zafón, aunque catalán, viva en esa ciudad californiana, se vista con camisas hawaianas a lo John Lasseter y escriba guiones para TV. Aunque eso no explica esas poses tan estudiadas con gloriosos fondos arquitectónicos de reminiscencias gótico-modernistas con las que gusta de retratarse para sus entrevistas.
Casi lo imagino, con su perillita y sus gafas de intelectual, crujiéndose los dedos, extasiado ante su gracia, antes de comenzar a escribir en su Mac Book, carraspeando, preparándose para parir otro ladrillazo, sintiéndose tan poderoso y legítimo, pasándose las normas más básicas de escritura por el forro (entre ellas no subestimar el criterio literario de toda España) y colocando uno tras otro singulares traspiés históricos y metáforas repetitivas. Es lo que pasa cuando cualquiera se sienta a escribir y tiene el ego un poco sobredimensionado, que enseguida se crece y lo que para Navokov, Proust, Roth o Bukowski son normas elementales de la buena escritura, para él son obstáculos que salta como la vaca a la que le ponen vallas: arrasando.
Bien, pues la vaca arrasó también en ventas, convirtiendo inexplicablemente un libro mediocre en un fenómeno best-seller y de críticas de público. Y ayer sucedió lo mismo con su último libro, El juego del ángel, que ha batido récords de firmas el día de Sant Jordi.
De todas formas, no debería sorprendernos, cuando el público en su inmensa mayoría son los mismos que leen el MARCA, ven OT, creen que el nombre del líder de Queen es Queen y los viernes por la noche ven programas donde se desgrana con saña la vida de alguna persona. Suerte que haya algunos que no nos decidimos a que nos engañen.
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